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Vladimir Putin y Alexander Lukashenko cumplen su acuerdo autoritario

Se trataba de apariencia. Usar una chaqueta deportiva para Alexander Lukashenko, en jeans para Vladimir Putin, los dos líderes afectaron, el lunes 22 de febrero, en Sochi, a orillas del Mar Negro, el aire relajado de dos viejos conocidos que disfrutaban del encuentro. Como si el desafío y la represión de la oposición, en sus dos países, no les preocupara. Seis meses después del último encuentro entre el presidente ruso y su homólogo bielorruso, a mediados de septiembre de 2020, en la misma ciudad, no hay más trajes y corbatas, ni siquiera banderas detrás de ellos. Una mesita, dos sillones y la sencilla decoración de una cabaña esta vez fueron suficientes.

“Serias negociaciones sobre ropa ordinaria significan que estamos cerca, que nuestros dos países y nuestra gente están muy cerca”, pensó que era mejor explicar a Alexander Lukashenko. “Cultura, lengua, religión, historia común y basada no solo en el pasado heroico relativamente reciente de la Gran Guerra Patria, sino también profundamente arraigada en siglos, todo esto nos une”, agregó Vladimir Putin. Pasada esta introducción, el presidente ruso invitó a su anfitrión a unirse a la estación de Krasnaya Polyana en una moto de nieve, a coger una pista de esquí y luego compartir una comida individual, sin ningún séquito.

Después de ingresar a la estación Krasnaya Polyana, los dos presidentes se preparan para instalar una pista de aterrizaje en Sochi el 22 de febrero de 2021.

Indiferencia deliberada

Durante su estancia en Bruselas, los cancilleres europeos discutieron nuevas sanciones, limitadas contra cuatro altos funcionarios rusos, en Sochi y antes de la presentación, el jueves, de un nuevo informe del Alto Comisionado para los Derechos Humanos. Michelle Bachelet, miembro de la ONU sobre la situación en Bielorrusia, los líderes rusos y bielorrusos se han opuesto así a una indiferencia deliberada. En el poder durante más de veinte años, los dos hombres, enfrentados a vastos movimientos de protesta similares, optaron por organizar su acuerdo autoritario.

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En Bielorrusia, las principales manifestaciones que siguieron a la reelección fraudulenta de Alexander Lukashenko en agosto, en detrimento de oponente Svetlana Tsikhanovskaya, desapareció, pero a costa de una feroz represión. El lunes, en Minsk, se encuentra una adolescente de 16 años, Nikita Zalatarou, epiléptica según su familia, quien fue sentenciada a cinco años en una colonia penal “educativa” por participar en “Disturbios masivos”, uniéndose así a cientos de bielorrusos encarcelados por los mismos motivos. En Rusia, desde el regreso en enero del oponente Alexeï Navalny, tratado en Alemania tras un intento de envenenamiento, luego detenido y condenado a tres años y medio de prisión, se ha aplicado la misma corriente represiva tras las manifestaciones masivas.

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Eugènia Mansilla

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